El MATE post colombino

..Los indios, habían emprendido un viaje de ida: eran adictos al mate, que jalaban con el uso de una pequeña caña o que directamente tomaban como infusión. Era el alimento básico de los indios guaraníes, que lo llamaban caámate, que significa planta o hierba; mate a su vez deriva de la palabra mati, la calabaza que en general se usaba para beberlo.

De acuerdo a Antonio Serrano, en un principio el mate fue usado sólo por los hechiceros como un narcótico que "jalaban" por la nariz hasta entrar en éxtasis, del mismo modo que los quechuas usaban la coca en las ceremonias religiosas. El mate fue, para los españoles, "un vicio que fomentaba el ocio y que contagiaba a todos, no siendo esto bueno para la salud del alma y del cuerpo". Las colonias de Maracajú, Ibiraparya y Candelaria, situadas dentro de las provincias de Vera y Guaira, entre Paraguay y Brasil, fueron los principales centros yerbateros de la época.

En abril de 1595 una ordenanza dictada por el teniente del gobernador, Juan Caballero Bazán, dispuso prohibir el tránsito por los yerbales en las proximidades del río Xejui y también el cultivo de la yerba. El Padre Pedro Lozano, en su Historia del Paraguay afirma que "la yerba es el medio más idóneo que pudieran haber descubierto para destruir al género humano o a la nación miserabilísima de los indios guaraníes".

La bebida MATE

Desde 1610, año de la llegada de los primeros jesuitas al Paraguay, hasta 1630, se prohibió la exportación de mate y su consumo. Los indios transportaban la yerba desde distancias enormes, y llegaban a veces a tardar un año hasta volver a su punto de partida. La prohibición del consumo de mate disparó la curiosidad de los conquistadores, que co¬menzaron a consumirlo clandestinamente. Así relató la epidemia el padre jesuita Francisco DíazTanho: "No hay casa de españoles ni vivienda de los aborígenes en que (el mate) no sea bebida ni pan cotidiano. Ha cundido tanto el exceso de esa asquerosa zuma que ya ha llegado a la costa y otros muchos lugares de la América y Europa el uso y abuso de ella y es mi sentir que por el instrumento de algún hechicero la inventó el demonio".

El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición llegó a considerar su uso, más que un vicio, "una superstición diabólica".

Posesión maléfica

En 1600 se consumían en Asunción cuatrocientos sesenta kilos de yerba por día dándose "a un vicio tan sin freno que todo el pueblo va tras ellos". Las penas impuestas en 1611 por el gobernador Marín Negrón para quienes fueran sorprendidos en "posesión de yerba" eran de cien latigazos para los indios o de cien pesos para los españoles. Para Hernandarias, en 1613, fueron de diez pesos de multa y quince días de cárcel, mandando quemar en varias oportunidades en la Plaza Mayor sacos de yerba que entraban clandestinamente, traídos por los encomenderos.

"Es una vergüenza –se indignaba el Procurador Alonso de La Madrid– mientras los indios la toman una sola vez al día, los españoles lo hacen durante toda la jornada."

Finalmente, el cultivo fue permitido a favor de la Orden: los jesuítas tuvieron el monopolio del mate hasta 1774. Hacia 1720 también se había generalizado el mate en la zona paulista. En la segunda mitad del siglo XIX los consumidores de mate estaban estimados en la mitad del Perú, la tercera parte de Brasil, la mitad de Bolivia y la totalidad de Chile, Paraguay y Argentina, lo que sumaba once millones de habitantes.

El mate formó parte, al poco tiempo, del desarrollo económico de diversas zonas del país y también marcó pautas y códigos de sociabilidad en zonas rurales y urbanas. Se lo tomaba amargo o dulce, pero caliente en gran parte del país, frío en la zona del litoral (donde se lo llama "tereré&quot y se le agregaban yuyos y alcohol en los Valles Calchaquíes, al oeste de Tucumán.

CAÁMATE (mate en Guaraní)

Experiencias con el MATE

“A causa de haberme despertado momentos antes de que aclarara, pude presenciar una curiosa y pintoresca escena.  Parte de la familia se había levantado, y luego de encender fuego debajo del triángulo se habían apiñado a su alrededor tantos cuantos cabían; algunos estaban sentados sobre pequeños trozos de madera; otros sobre sus talones, con las rodillas tocándoles el rostro; las llamas arrojaban una luz intensa que, al contrastar con la densa sombra del fondo destacaban al grupo, sus rústicos trajes y extrañas posturas; el efecto era raro e interesante.  El Matecito hacía la rueda de mano en mano, y por el largo tubo de lata cada uno tomaba a su turno un sorbo de infusión de yerba del matecito o calabaza.  El conjunto de la escena y las circunstancias del momento me llevaron a imaginar que estábamos vivaqueando entre los indios, o entre algunos salvajes, parias de la sociedad. Me levanté y me uní al grupo.  Todos se apresuraron a hacerme lugar. Sin decir una palabra se preparó un matecito nuevo.  

Un viejo arrojó las hojas que estaban utilizando y sacó de debajo del cuero, sobre el cual estaba sentado, una piel de cabrito con las patas y la cola anudadas formando un saco; allí guardaba su provisión de yerba.  Tomó un puñadito de yerba, lo puso dentro de la calabaza, y la llenó con agua que hervía en un recipiente de cobre, el cual constituye una parte esencial de los utensilios domésticos de cada gaucho.  Entonces, introduciendo la bombilla, o tubo de lata (son generalmente de plata) lo revolvió, tomó un sorbo para asegurarse de su bondad, y me lo ofreció, tocando el ala de su sombrero en el momento en que yo lo recibía.  He sido un tanto prolijo en este relato al describir una costumbre que, sin variaciones en cuanto a preparación, utensilios o maneras, puede observarse entre ricos y pobres y es universal en estas regiones de Sudamérica.  Esta gente nunca hesita en recibir en su boca el tubo que pocos momentos antes estuvo en la de otro.  En la más pulida sociedad el mismo tubo pasa de uno a otro en idéntica forma”



John Miers (1789-1879) – Botánico e ingeniero inglés, en su obra Viaje al Plata (1819-1824)